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El beso que no fue - Alex Quaranta

El beso que no fue - Alex Quaranta

Primavera en el hemisferio sur, transición de Virgo a Libra.

Todavía faltan algunos giros para su segunda década; pero ya la incertidumbre le está pesando como una gota de rocío helado pesa sobre el ala de una mariposa que acaba de abandonar su cápsula. El tronco del árbol le sirve de apoyo. Lo sostiene. Su mirada es sugestiva, se mece de una esquina a la otra de ese bosquecito singular; las pupilas se dilatan y contraen para encandilar a su manera... para lanzar algunas flechas diminutas guardadas en su carcaj de dudas.  Es una mirada que, aunque intensa, no pierde su dulzura y ya sus ondas comienzan a empalagar las dendritas de aquel otro cerebro adolescente. 

Los observo, a ambos. Uno captura mi atención. El emisor de las vibraciones venusinas.  Intuyo que va a sufrir un dolor que contará de a lustros.  De cinco en cinco. Durante toda su vida. Es un mensaje del futuro que arriba al aeropuerto de nosotros, los videntes, los que no tenemos más que aceptar el recibir estas cartas sin letras y sin sobre... a veces con estupor, otras con tristeza, pocas veces, con tenue alegría.

Vuelvo al otro... El otro es un muy buen catador de esa energía de Eros que viaja encriptada a la velocidad de la luz, sobre las ondas de un septiembre que quiere irse para siempre.  Sin embargo, noto que este mismo, el observado, el objeto del deseo de la crisálida, es como todos los otros jóvenes del grupo. Un poco más indisciplinado, quizás.  Pero solo eso. Nada muy particular lo distingue del resto. Entonces, mi videncia queda confirmada. Habrá una herida incurable, quizás para los dos, eso no lo sé.  Quiero evitar lo que va a suceder, pero no estoy autorizado. No puedo infringir la ley del libre albedrío (y si se quiere, del destino) de las almas.

Entonces, mientras mi propia observación se mezcla en una maraña de especulaciones mentales, mi rostro vira de repente hacia quien se acerca al árbol a la velocidad de una estrella fugaz. Lo hace como montándose a un rayo, avalanzándose sobre el colorido "provocador" de emociones. Un poco logra aplastarlo con la fuerza de su cuerpo sobre el tronco de ese verde y vital testigo... pero no hay violencia, hay firmeza, hay desenfreno... y con sus labios busca la boca encendida de su amigo. Pero no puede, aunque persista. Los labios buscados se corren, se repliegan asustados por el deseo, se alejan...

Ahora las cartas están echadas.  La inexperiencia, el miedo, los qué-van-a-decir-los -otros, el no-debería-estar-pasando no son sustancia para la aventura, para el atrevimiento... Estos "no" tan contundentes habrán de cambiar la línea del tiempo para siempre, y ya no habrá retorno.  

El beso adolescente ha sido rechazado... de la misma manera que un gusano con destino de mariposa se niega a nacer, a abrirse a la vida, por temor a vivir solo un día... ahora un ala se ha quebrado. Muestra una grieta que, bajo mi lupa cuántica, se ve como de dos mundos, dos universos muy distintos, irreconciliables.

Inmediatamente, abro el Libro de la Vida que llevo siempre en un bolsillo.  Es pequeño, pero al desplegarlo se hace inmenso como un cielo.  Y leo. Veo que todo está bien así.  Estaba previsto. Como casual observador del evento, siento cierta paz. 

Así finaliza el relato de lo que he visto con mis propios ojos y leído un instante después en el Libro de la Vida, aquella tarde de un septiembre verde.  Nadie más lo ha narrado, jamás... Solo aquellos dos conocen esta historia, y quizás la recuerden... solo ellos dos, y yo. 

A 31 días del mes de diciembre de 2024.

 

 


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